
“Estábamos juntos; recordando yo las descripciones que en los viajes hizo mi padre, del Cuzco. Oí entonces un canto.
-¡La María Angola!- le dije.
-Sí. Quédate quieto. Son las nueve. En la pampa de Anta, a cinco leguas se le oye. Los viajeros se detienen y se persignan. La tierra debía convertirse en oro en ese instante; yo también, no sólo los muros y la ciudad, las torres, el atrio y las fachadas que había visto.
La voz de la campana resurgía. Y me pareció ver, frente a mi, la imagen de mis protectores, los alcaldes indios: don Maywa y don Víctor Pusa, rezando arrodillados delante de la fachada de la iglesia de adobes, blanqueada, de mi aldea, mientras la luz del crepúsculo no resplandecía sino cantaba. En los molles, las águilas, los wamanchas tan temidos por carnívoros, elevaban la cabeza, bebían la luz ahogándose.” (José María Arguedas)
María Angola de Cuzco… «A su canto triste salen del agua toros de fuego, o de oro, arrastrando cadenas». Es voz del centro del mundo que transforma los antiguos amarus de los lagos andinos.
Obra del fundidor Diego Arias De la Cerda, fechada en 1655, es la Campana Mayor de la Catedral del Cuzco, dedicada a la Asunción de Nuestra Señora. Pesa seis toneladas de bronce y estaño. Fue fabricada en las proporciones exactas para que además de sus grandes dimensiones, la sonoridad fuera maravillosa, la mejor de Sudamérica. Su bronco resonar, debido a que el bronce se quebró, fue llevado al silencio por los sismos de 1950, 1986 y 1991.
La llamada María Angola Menor está en Pampamarca, Apurímac. Azángaro, Puno, también tiene su émulo, la María Asunta. San José de los Chorrillos en Huarochirí candidatea así mismo con su María Angola. Lo mismo que Chayamuray, en Chumbivilcas, Cuzco.
En Octubre de 2006, en el blog Harun al Rashid , el señor Siabala reclamaba que en Lima ya no suenan las campanas. Pero hemos vuelto, en San Pedro, a dar las horas, a tocar el Angelus. Veremos cuánto tiempo tarda la Municipalidad en llamarnos la atención por hacer ruidos molestos. Mientras tanto, seguiremos alegrando a nuestro barrio comercial tan venido a menos, como decía el padre Antonio Capel, transmitiendo “llamadas y respuestas íntimas entre el cielo y la tierra”.
La más antigua de las campanas, la decana de toda Lima, tiene dos sobrenombres que se van perdiendo en el tiempo. Todos los limeños viejos sabían que le decían “La Abuelita” o “La Vieja”. Pero tiene nombre propio, y lo lleva esculpido al dorso: JESÚS. Dobló en el entierro de Santa Rosa, y en el de San Martín de Porres. También anunció tristezas y alegrías en la Lima colonial y en la republicana.
El hermano jesuita Pedro Suárez, fundidor de oficio, maestro campanero, en 1666 hizo “La Grande». Después de la Cantabria de la Basílica Catedral, es la mayor de Lima; pero la supera en sonido. Tiene bellas grecas talladas, cruces y cuatro medallones grandes con las efigies de la Inmaculada, san Francisco de Borja, san Miguel y una Custodia, entre dos ángeles. Alrededor lleva la inscripción: “Alabado sea el Santísimo Sacramento y María concebida sin pecado original”. Mide dos metros cuarenta y dos centímetros de diámetro en boca. Si la tradición dice que la María Angola se escuchaba en la pampa de Anta o hasta Urcos, ciertamente la Grande se podía escuchar en Chorrillos. Claro que hablamos de otra época, cuando la urbanización no había hecho estragos.
Y para terminar, las otras campanas son: “San Javier” fundida en 1722, “San Ignacio” en 1753 y “Virgen de Loreto” en 1755; esta última marca las horas, es la segunda en sonoridad y me despierta cada mañana.