lunes, julio 27, 2009

Bandera e Iglesia


Lima, 9 de junio de 1948

Rdo. Sr. Párroco de San Pedro.

Tanto el Ministerio de Culto como el de Guerra, se han interesado vivamente ante este Despacho para que se cumpla religiosamente las disposiciones del Decreto Supremo, referente al uso de la Bandera Nacional en el templo y en actuaciones religiosas, extirpando todo abuso que desdi­ga del respeto que merece esa insignia representativa de la dignidad y grandeza de la Patria.

Consciente el Emmo. Señor Cardenal Arzobispo de la importancia de los deberes que todos los peruanos tenemos para con la Patria y la enseña que la representa, ha dispuesto que se tengan en cuenta las disposiciones que vienen en seguida, a las que Ud., como sacerdote y como ciudadano, prestará el más fiel cumplimiento, corrigiendo desde luego cualquiera corruptela que se haya introducido en el uso de la Bandera y de los colores nacionales.

He aquí las disposiciones de mi referencia:

1a.- La Bandera Nacional debe colocarse en asta conveniente, sobre su respectiva peana, no en cualquier lugar del presbiterio sino junto al altar mayor, al lado del Evangelio.

2a.- La Bandera debe pender del asta con sus pliegues naturales, sin extenderla artificialmente como si fuera pabellón.

3a.- No puede usarse colgaduras o pabellones con los colores blanco y rojo, imitando la Bandera Nacional.

4a.- Esta no debe exhibirse rota ni en estado de desaseo.

5ª.- Deben reemplazarse los estandartes religiosos que semejan la Bandera Nacional, por otros que exhiban colores distintos de aquella, o por lo menos que no tengan la misma combinación.

Dejo así cumplido el encargo del Emmo. Señor Cardenal Arzobispo en la seguridad de que Ud. Dará el más estricto cumplimiento a las mencionadas disposiciones.

De Ud. Afmo. y SS.

(Sello y firma) - Fortunato Camacho Pbro. - Vice - Canciller


¡Felices Fiestas Patrias!

jueves, julio 16, 2009

De bóvedas, entierros y otros


Cuando pusieron en la calle Gato la carretilla con explosivos, la onda expansiva no solo afectó la fachada y oficinas que dan a jirón Azángaro. La bóveda central de la iglesia se vio seriamente afectada; hubo que descargarla de peso y realizar muchas otras obras. Gran parte de los trabajos se tuvieron que llevar de manera nocturna. Cierta noche los trabajadores pararon a tomar un café y uno de ellos se había rezagado. Un padre vestido de sotana negra se acercó y le preguntó: “¿Qué estás haciendo, hijo?”. Respondió: “Trabajando en el andamio, padre”. Le dijo: “Ten cuidado, hijo, no te vayas a caer”. Y siguió de largo.

Cuando dio alcance a sus compañeros y lo contó, al responsable de la obra le pareció extraño. Se acercó a ver si había alguna luz encendida en las habitaciones de los jesuitas, pero todo estaba a oscuras. Al día siguiente ni al otro el trabajador pudo reconocer al padre que había visto. “Relata réfero”, que significa: cuento lo que me contaron.

Otra historia anda escondida. En 1884 comenzó a frecuentar la iglesia un joven, ayudando misa al capellán. Muy poco tiempo después, la Congregación de Seglares de Nuestra Señora de la O encargaba celebrar misas cada día en los diversos altares. El acólito no se daba abasto yendo de uno a otro a lo largo de la mañana, sin tiempo para quitarse la vestidura talar. Taciturno, servicial, él se acostumbró a la iglesia y los feligreses a verlo. Los padres no le prestaban mucha atención, pero era un apoyo al hermano jesuita encargado de la sacristía. Barría eternamente los pisos siempre sucios de ladrillo; arreglaba los reclinatorios y sillas de paja individuales que las señoras iban moviendo por toda la iglesia y cuya propiedad algunas reclamaban; recogía la limosna y se retiraba al mediodía hasta la primera misa del siguiente.

El tal “hermano Ernesto” adquirió unas formas devotas y parsimoniosas que lo hacían aparecer ante los fieles como miembro de la comunidad religiosa. Nada se sabe de su vida, aunque se dice que era chileno y había desertado tras la invasión de Lima. A nadie le consta y queda perdida en la bruma de la memoria su misma existencia.

Que hay entierros y enterrados en San Pedro, los hay. No solo el corazón del conde de Lemos, esposo de Ana de Borja y Aragón (hija del VIII duque de Gandía, o sea descendiente directa del santo IV duque de Gandía), que fue traído de la iglesia de Nuestra Señora de los Desamparados por el padre Vargas Ugarte. También estaría íntegro su cuerpo (es un decir), como el del Virrey Ambrosio O’Higgins, recordado también por una placa de mármol.

La esquina de Azángaro y Ucayali enmarcaba el cementerio de pobres. Según documentos de época, bajo cada retablo hay una bóveda (no catacumba), con la entrada claramente fijada con madera o metal, para que más adelante no levantasen el piso al hacer un entierro. Ciertamente están Diego de Porras y su esposa Ana de Sandoval en algún lugar bajo el retablo de San Ignacio, donde estuvo ubicado el grupo escultórico de la familia de la Virgen donado por ellos. Y que más cerca del presbiterio reposan los cuerpos de decenas de jesuitas, es lógico, incluido el del limeño apóstol de Río de la Plata Antonio Ruiz de Montoya. Pero todo indica que cuando los padres del Oratorio hicieron reforzar las cuatro columnas del crucero dejaron las bóvedas hechas una miseria de escombros y huesos revueltos. Claro que buena parte ya la encontrarían así porque la búsqueda del tesoro del mítico tesoro los jesuitas hizo el caos total.

Cuando en el año 1952 colocaron las grandes baldosas blancas y negras del piso de la iglesia teniendo como base el de ladrillos, al párroco no se le ocurrió mejor idea que cerrar las entradas a las bóvedas. La razón era muy simple: evitar que los curiosos rompieran la paz parroquial. No quedó ningún registro escrito, gráfico ni menos fotográfico. Solo conocemos la bóveda que cruza bajo el presbiterio de norte a sur, llena de desmonte de las obras de reforzamiento que se hicieron 57 años atrás. Lo demás queda en el misterio. Hasta que el hermano Ernesto regrese una noche a contarnos la verdad.

viernes, julio 03, 2009

Vuelta al ruedo


“En la tarde del domingo el Corazón de Jesús dio la vuelta al ruedo con los tres apéndices del triunfo”. No soy aficionado al arte taurino ni lo entiendo, pero el comentario que escuché me hace gracia. Es que este año la Procesión regresó a la Plaza Mayor y recorrió el perímetro recibiendo como años atrás el homenaje en nombre del Señor Cardenal Arzobispo y del Señor Alcalde Metropolitano de Lima. Al llegar a la Plaza Mayor se abrieron las puertas de Palacio de Gobierno y bajo el balcón presidencial una escolta de Húsares de Junín presentó lanzas a la imagen del Señor. Ninguno de los consultados recuerda un gesto igual, ni hay referencia escrita conocida.

No poseo información exacta sobre los años que se viene realizando la Procesión. Ciertamente por más de medio siglo, lo afirmo como testigo presencial. Los testimonios fotográficos me inducen a aumentar algunos más, aunque no muchos. Posiblemente sea 1955 la primera vez que salió en triunfo la Procesión.

Descarto los años 1949 a 1954. Recuerdo en mi niñez la avenida Arequipa cerrada al tránsito alrededor de la cuadra 31. En la Embajada de Colombia estaba asilado Víctor Raúl Haya de la Torre. Supongo que no era conveniente avivar antiguas heridas, abiertas por la controversia sobre la Consagración del Perú al Corazón de Jesús en el año 1923.

Explico para los más jóvenes. En el año 1836 la Diócesis de Chachapoyas fue consagrada al Corazón de Jesús y se le nombró patrono y protector. Los jesuitas regresaron al Perú en 1871 después de 104 años. Empezaron su apostolado en la Diócesis de Huánuco, promoviendo la devoción al Corazón de Jesús en la misma ciudad, y desde ahí la llevaron por la sierra central: Tarma, Jauja, Cerro de Pasco.

Una vez instalados en Lima, hubo jesuitas que se desplazaron por todo el Perú llevando el mensaje y la devoción. En 1881 fue consagrada la Diócesis de Arequipa y en 1887 la de Cusco. La ciudad de Huaraz fue consagrada al Corazón de Jesús en 1890. En Ica, Cajamarca, Huancayo, Trujillo, Yungay, Caraz, Cañete, Supe, Barranca, Pisco, Trujillo, Huancavelica, Callao, había centros del Apostolado de la Oración, movimiento que iba unido a la esencia de la devoción. Seminarios, Cabildos, Comunidades religiosas, se afiliaban a esta forma de espiritualidad y por supuesto, decenas de laicas y laicos.

En Lima hubo centros muy activos del movimiento en las parroquias de San Lázaro, Santa Ana, San Marcelo y la Victoria, aparte del de la Iglesia de San Pedro. Corrían los años 20. Don Augusto B. Leguía era presidente de la República. La Sociedad de Caballeros del Sagrado Corazón de la Parroquia de San Lázaro tuvo la peregrina idea de incorporarlo como miembro. Él no solamente aceptó, sino que se convirtió en su benefactor. Muchos caballeros pidieron entonces su ingreso, no precisamente por devoción, sino por motivación obvia, que desdecía de los fines de la Sociedad que era de carácter religioso.

El arzobispo de Lima, monseñor Emilio Lissón, santo y devoto varón, quiso en 1923 que el Perú fuera consagrado al Corazón de Jesús, como se había hecho en tantas ciudades del Perú y en otros países. Dicho rito devocional estaría a cargo del presidente, es decir, de Leguía. Craso error. La oposición política se valió de esa circunstancia para manifestarse en contra del gobierno, y de paso en contra de la Iglesia, a favor de la separación Iglesia - Estado, el divorcio y un paquete amplio de demandas. El líder del movimiento era el joven Haya de la Torre. Los manifestantes salieron de San Marcos y en la esquina de Huérfanos tuvieron un enfrentamiento con la policía. Unos dicen que murió un tranviario que por ahí pasaba. Otros hacen referencia también a un estudiante universitario. Los menos hablan de varios policías muertos.

En la mitología urbana de la Lima siempre chismosa, siempre pacata, quedó flotando la saga. Treinta años después de la asonada del relato, durante el Congreso Eucarístico Nacional de 1954, el presidente Manuel A. Odría leyó públicamente la Consagración del Perú al Corazón de Jesús y nada ocurrió. Posiblemente fue al año siguiente que decidieron sacar por primera vez la hermosa imagen de Cristo mostrando su corazón, tallada en París a principio de siglo.