martes, marzo 02, 2010

Vocaciones piuranas


(En agradecimiento al reencuentro con mi tierra putativa)

Cuando la expulsión de tierras americanas sufrida por la Compañía de Jesús, hubo entre los exilados seis jesuitas piuranos de nacimiento, hijos de la Santa Tierra. Tres de ellos pertenecían a la Provincia jesuítica del Perú y los otros tres a la Provincia de Quito.

Bernardino del Castillo (o Castilla), natural de Piura, nació el 27 de mayo de 1710, ingresó a la Compañía de Jesús en el Noviciado de San Antonio Abad de Lima el 14 de marzo de 1728. El decreto de extrañamiento lo encontró desempeñando el cargo de procurador del Colegio San Luis Gonzaga de Ica. Murió en Ferrara a los 67 años de edad, en la Solemnidad de Todos los Santos, el 1 de noviembre de 1777.

Eusebio Irarrázabal que nació en Piura el 14 de agosto de 1718, ingresó a la Compañía el día que cumplía 14 años, el 14 de agosto de 1732. Cuando se decretó la expulsión de los jesuitas, era administrador de las haciendas Santa María Virgen de Vilcahuaura y los Angeles de Humaya, en la provincia de Huaura, camino hacia el este de dicho lugar. Este jesuita pertenecía a la comunidad del Colegio de Santiago del Cercado, propietario de ambas haciendas.

Francisco Lino de Rivera, nació en Piura el 30 octubre 1695. Su ingreso a la Compañía de Jesús está fechado la víspera de la fiesta de su patrono San Francisco Javier, el 2 de diciembre de 1712. Residía en la Casa Profesa de Nuestra Señora de los Desamparados cuando la expulsión. Se tiene noticia de su muerte en Roma, a los 78 años de edad, el 30 de mayo de 1773.

Los hermanos Cipriano, Feliciano y Guillermo Antonio de la Peña eran naturales de Piura y habían ingresado a la Compañía en la Provincia de Quito. Los dos primeros se encontraban en el Colegio Máximo de San Gregorio Magno de Quito al tiempo de la expulsión. El primero que murió fue Feliciano, en Faenza, el 23 de junio de 1769. Cipriano murió repentinamente en Bolonia el 3 de enero de 1804, y años más tarde, parece que en la misma ciudad, su hermano Guillermo Antonio falleció un 13 de febrero.

En Piura había quedado la única hermana de los padres de la Peña, doña Juana, a quien Guillermo designó su heredera testamentaria, asignándole la suma de 650 escudos y en su defecto, a su primo Tomás Fuentes Zorrilla, a quien nombró albacea testamentario. Vaya usted a saber qué significa todo eso, porque en defecto de su primo estaba la familia Sedamanos (la de Pascual Farfán de los Godos y Sedamanos), o el Convento de San Francisco de la ciudad de Piura, es decir el de la calle Lima. “Y si acaso volviese la Compañìa a Piura o a Quito, ésta será mi heredera, pues los demás son meros depositarios”. Con el dinero que deja debía comprarse una casa o un censo fructífero (una especie de préstamo hipotecario) del que debería gozar su hermana, o establecerse una escuela para niñas pobres con rentas. Al parecer, el buen padre Guillermo Antonio de la Peña por lo menos tuvo una época en que no anduvo bien de la cabeza. Y no es para menos después de todas las que pasaron nuestros buenos y obedientes padres.

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Imagen de la iglesia de San Lucas de Colán tomada de http://www.worldisround.com/articles/322516/photo2.html?photosize=large

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